Los Ospedali, la marca irrepetible de una época

 

ELEGANCIA, BENEFICENCIA, VOLUPTUOSIDAD…  Aunque existen muchas maneras de tener éxito -y potenciar la marca de una ciudad-, deben ser muy pocas las que combinan arte, religión  y vicio. Venecia, la encontró; tal vez, la inventó, seguramente la hizo irrepetible…

A finales del siglo XV, las potencias europeas -Francia, España y Alemania (entonces el Sacro Imperio Germánico)- pugnaban entre sí por controlar las ricas ciudades italianas –y, en especial Venecia- que, a su vez, rivalizaban entre ellas. Mientras se combatía en el mar, la Dama del Adriático pudo hacer frente a sus hostiles pretendientes. Sin embargo, tan pronto la guerra se libró en terra ferma, la vieja república estuvo a punto de perder todas sus posesiones.

 Si no ocurrió se debió, en parte, porque, en el siglo siguiente, Venecia dejó de ser un botín apetecible. Cuando Constantinopla fue conquistada por los turcos en 1453, se cerraron las puertas de la ruta de la seda y los vientos de la historia empezaron a soplar en dirección hacia el océano Atlántico. Tras el descubrimiento de América y los puertos de Asia, la Serenísima tuvo que buscar otra manera de seguir siendo la envidia de Europa. Lo logró a través del placer, la música, la locura, incluso la beneficencia… En lugar de ricos productos, Venecia buscó la mejor manera de consumirlos. Al final, el dinero se ganaba en Sevilla, Amsterdam, Londres o París, pero se gastaba en Venecia…

Escena de Carnaval Venecia, Anónimo, S. XVIII

Los siglos XVII y XVIII son la época dorada de los carnavales y la Venecia evocada por la pintura veneciana y la música de  Vivaldi (1678-1741). El éxito fue arrollador. Los viajeros no dejaban de aumentar y se hizo necesario alargar la duración del carnaval. En un momento dado, llegó a durar… ¡seis meses! Nada podía ensombrecer aquellos fastos. En 1789 se silenció la muerte del dux para no poner fin a la fiesta. En aquellos días y noches, la máscara no era una opción sino una obligación. Aunque primaba el lujo, en las calles y los puentes las barreras sociales se nivelaban. Sólo había sátiros, moriscos, diablos, arlequines, princesas, dioses grecorromanos…

Retrato de Vivaldi, 1723

Ospedale -u Hospitale- della Pietà

Ospedale de la Pietà, aspecto actual

No satisfechos con el carnaval, Venecia encontró otro poderoso reclamo: la música. En cada rincón se podía escuchar un concierto. Los gondoleros recitaban poesía y canciones populares. El compositor inglés Charles Burney (1726-1814) escribió: “Del mismo modo que Argos poseía cien ojos, aquí sería menester tener cien oídos”… Y refiriéndose a la música, el erudito francés Charles De Brosses (1709-1777) señaló: “El frenesí de la ciudad por este arte es inconcebible”. Durante el siglo XVIII, Venecia fue, ante todo, la capital de la música. Sus mayores reclamos fueron la ópera y, sobre todo, los Ospedali (“orfanatos”), una institución genuinamente veneciana. Se trataba de agrupaciones de mujeres huérfanas educadas para cantar y tocar instrumentos. Una vez dignas de ser escuchadas, actuaban en la iglesia de su respectivo Ospedal detrás de una celosía, de manera que no se las pudiera ver. Hubo cuatro: la Pietà, los Mendicantti, el Ospedaletto y los Incurabili.  Como las bandas famosas de la actualidad, aquellas orquestas arrastraban auténticas masas de seguidores, que pugnaban entre sí para decidir cual era el mejor. Las grandes fortunas también competían por patrocinar a su Ospedal favorito, por lo que el gobierno de estas instituciones estuvo siempre en manos laicas y privadas. El clero sólo se encargaba de la parte pedagógica. Gran parte del trabajo de Vivaldi consistía en renovar constantemente el repertorio de la Pietà, el hospicio más famoso, además de enseñar a las huerfanas. Es difícil compararlo con una institución musical actual, ya que ninguna sala de conciertos utiliza huérfanas hoy en día, pero a nivel de popularidad, la Pietà fue similar a los Niños Cantores de Viena.

 

El Ospedale de la Pietà en época de Vivaldi

En el llamado siglo del libertinaje -no olvidemos que es la época de Casanova (1725-1798)-, la fórmula de escuchar a unas jovencitas vírgenes cantar como ángeles detrás de una celosía, sin duda, fue todo un acierto. “No puedo concebir nada tan voluptuoso, tan conmovedor como esa música”, afirmó Rousseau (1712-1778) a propósito de los Mendicantti, y añadiría más tarde Goethe (1749-1832), “no haber podido imaginar voces parecidas”. El nombre de las cantantes e instrumentistas más destacadas estaban en la boca de todos; el aforo de los Ospedali siempre estaba lleno. En palabras de Patrick Barbier, especialista en la música de Vivaldi, “Venecia puede enorgullecerse así de haber llevado a cimas de perfección y prestigio internacional un arte musical servido por los más humildes, en las antípodas de las prácticas elitistas corrientes en otros lugares”.

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